De gira (II)

De gira (II)

6) En Reus hacía tanto frío que cantaban las cucarachas y por una habitual complacencia horaria llegamos tremendamente tarde a la prueba de sonido en Oxid Music, una sala alta como una catedral en cuyo escenario ya estaban probando Momento Cero, tres tipos que formaban un triángulo equilátero (no, sin embargo, como el de Gainsbourg, que decía: «Fumo, bebo, follo: triángulo equilátero»). Momento Cero, triángulo equilátero, algo de místico o metafísico como la mirada de Dios, pero nada más lejos de la realidad: Jose (guitarra y voz), Mauro (bajo) y Alex (batería) eran sencillamente unos terrenales tipos de puta madre con los que compartimos birras, chupitos y nunca los abrazos suficientes. Nos hicieron sentir en casa jugando fuera, y sobre todo: juntos rencontramos las ganas de hacer música desde la humildad, y eso no es fácil haciendo los temazos que hacemos.

7) Cuando llegamos a Girona se acababa de anunciar que la sala Yeah! era finalista de los premios ARC en la categoría de programación musical, lo cual es una misteriosa forma de decir que la sala es buena. Nos recibieron los comandantes Quim y Lucía, una mexicana que habla catalán mejor que Lluís Llach, y nos enseñaron el escenario más parecido a un vagón de tren en el que hemos tocado: en la foto somos como los de la última cena. Hablo de la foto porque solo hubo una foto en la que aparecimos todos. Por alguna extraña razón JoanRa no sale en las demás y no nos quiere confesar qué pasó entre él y la fotógrafa, aunque el hecho de que fuera una fiesta Jägermeister con chupitos que corrían como las fuentes del Nilo puede tener algo que ver. A una mujer se la llevaron en ambulancia, no es broma.

8) No hay sala más veraniega que la Bikini ni músico más solar que Carlos Cros («Lo llaman la Ciudad Fuego», como cantaban La dama se esconde), y nosotros, después de haber contado con su colaboración en La fiesta del cordero y su aparición estelar en Sidecar, no podíamos menos que acompañarlo en la presentación de su disco el 30 de noviembre. Bueno, acompañarlo, acompañarlo… en realidad lo acompañaban una horda de músicos (trompeta y banjo incluidos, no digo más) que reventaron la sala con sonidos orquestales dignos de un José Alfredo del pop barcelonés. Además de ser una sala en la que hasta el más torpe suena como U2, Bikini cuenta con unos camerinos laberínticos e interminables que son el remanso de paz de los músicos perdidos. Nos encantó también encontrarnos con Ferran y Cristian, del estudio Caballo Grande, que cada uno por su lado aportaron su grano de arena al concierto de Carlos Cros. Lo mejor: cantar (gritar: lo siento, no hubo forma de contenerse) a coro en el escenario el estribillo de Biutiful, con el que finalizamos esta primera etapa de una gira que ha sido obviamente biutiful, maravillosa, surrealista y desternillante. Gracias a todos los que nos habéis acompañado en alguno(s) de los conciertos. Pero esto no se acaba aquí. Esto no se acaba nunca.